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El síntoma social




Por Slavoj Žižek

¿Cómo podemos definir, pues, el síntoma marxiano? Marx “inventó el síntoma” detectando una fisura, una asimetría, un cierto desequilibrio “patológico” que desmiente el universalismo de los “derechos y deberes” burgueses. Es este desequilibrio, lejos de anunciar la “imperfecta realización” de estos principios universales –es decir, una insuficiencia a ser abolida por un progreso ulterior-, funciona como su momento constitutivo: el “síntoma” es, hablando estrictamente, un elemento particular que subvierte su propio género. En este sentido podemos decir que el procedimiento marxiano elemental de “crítica de la ideología” es ya “sintomático”: consiste en detectar un punto de ruptura heterogéneo a un campo ideológico determinado y al mismo tiempo necesario para que ese campo logre su clausura, su forma acabada.


Este procedimiento implica, así pues, una cierta lógica de la excepción: cada Universal ideológico –por ejemplo, libertad, igualdad- es “falso” en la medida en que incluye necesariamente un caso específico que rompe su unidad, deja al descubierto su falsedad. Libertad, por ejemplo: una noción universal que abarca una serie de especies (libertad de expresión y de prensa, libertad de conciencia, libertad de comercio, libertad política, etc.), pero también, por medio de una necesidad estructural, una libertad específica (la del obrero de vender libremente su propio trabajo en el mercado) que subvierte esta noción universal. Es decir, esta libertad es lo opuesto mismo de la libertad efectiva: al vender su trabajo “libremente”, el obrero pierde su libertad, el contenido real de este acto libre de venta es la esclavitud del obrero al capital. El punto crucial es, por supuesto, que es precisamente esta libertad paradójica, la forma de lo opuesto a ella, la que cierra el círculo de las “libertades burguesas”.


Lo mismo se podría mostrar también con respecto al intercambio justo, equivalente, este ideal del mercado. Cuando, en la sociedad pre-capitalista, la producción de mercancías no ha alcanzado todavía carácter universal –es decir, cuando todavía es la llamada “producción natural” la que predomina-, los propietarios de los medios de producción son todavía productores (como norma al menos): es producción artesanal; los propietarios trabajan y venden sus productos en el mercado. En esta etapa de desarrollo no hay explotación (al menos en principio, es decir, no tomamos en consideración la explotación de los aprendices y otra); el intercambio en el mercado es equivalente, por cada mercancía se paga su valor total. Pero en cuanto la producción para el mercado es la que prevalece en el edificio económico de una sociedad determinada, esta generalización va necesariamente acompañada de la aparición de un nuevo y paradójico tipo de mercancía: la fuerza de trabajo, los obreros, que no son ellos los propietarios de los medios de producción y que, en consecuencia, están obligados a vender en el mercado su propio trabajo en vez de los productos de su trabajo.


Con esta nueva mercancía, el intercambio equivalente se convierte en su propia negación, en la forma misma de la explotación, de la apropiación del plusvalor. El punto crucial que no se ha de perder de vista es que esa negación es estrictamente interna al intercambio equivalente y no su simple violación: la fuerza de trabajo no es “explotada” en el sentido de que su pleno valor no sea remunerado. En principio al menos, el intercambio entre trabajo y capital es totalmente equivalente y equitativo. La trampa es que la fuerza de trabajo es una mercancía peculiar, cuyo uso –el propio trabajo- produce un determinado plusvalor, y es este plusvalor sobre el valor de la fuerza de trabajo el que el capitalista se apropia.


Tenemos aquí de nuevo un cierto Universal ideológico, el del intercambio equivalente y equitativo, y un intercambio paradójico particular –el de la fuerza de trabajo por sus salarios- que, precisamente como un equivalente, funciona como la forma misma de la explotación. El desarrollo “cuantitativo”, la universalización de la producción de mercancías, da origen a una nueva “cualidad”, el surgimiento de una nueva mercancía que representa la negación interna del principio universal de intercambio equivalente de mercancías. En otras palabras, da origen a un síntoma. Y en la perspectiva marxiana, el socialismo utópico consiste en la creencia de que es posible una sociedad en la que las relaciones de intercambio estén universalizadas y la producción para el mercado sea la que predomine, pero los obreros sigan siendo a pesar de todo, los propietarios de los medios producción y, por lo tanto, no estén explotados. En suma, “utópico” transmite una creencia en la posibilidad de una universalidad sin un síntoma, sin el punto de excepción que funciona como su negación interna.


Ésta es también la lógica de la crítica marxiana a Hegel, a la noción hegeliana de la sociedad como una totalidad racional: en cuanto tratamos de concebir el orden social existente como una totalidad racional, hemos de incluir en él un elemento paradójico que, sin dejar de ser su constituyente interno funcione como un síntoma, subvierta el principio universal racional de esta totalidad. Para Marx, este elemento “irracional” de la sociedad existente era, claro está, el proletariado, “la sinrazón de la razón misma” (Marx) el punto en el que la Razón encarnada en el orden social encuentra su propia sinrazón.


Fuente: El sublime objeto de la ideología

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